lunes, 6 de octubre de 2014

SABERSINFIN

Del terror de las fosas comunes clandestinas.
Las fosas clandestinas son signo que
ponen en tela de juicio nuestra supuesta
diferencia con las bestias
Abel Pérez Rojas
El nacimiento y la muerte, aunque procesos naturales, conllevan interrogantes y sentimientos que orillan a reflexionar sobre lo que es la vida y cada instante de ella. En particular, la muerte está revestida de un halo de misterio que siempre nos ha inquietado desde tiempos inmemoriales.
Como la muerte es la partida de este planeta, los seres humanos hemos ideado rituales para tratar de cerrar ese pasaje acorde a lo que creemos, amén de que seguir ciertos procedimientos de sepultura, incineración o abandono del cuerpo, mezcló nuestras creencias con lo que el saber fue arrojando que era lo más conveniente para la salud de los vivos.
Quebrantar los procedimientos a seguir con el cuerpo después de la muerte, no sólo pone en riesgo la salud pública sino que provoca incertidumbre en nuestras prácticas ancestrales y en consecuencia en lo que creemos profundamente.
Las fosas comunes clandestinas son una práctica emblemática que va directo al corazón de nuestras creencias, de nuestra organización jurídica y trastoca los hilos de civilidad que nos divide con las bestias.
En México cada vez se hace más frecuente la aparición de fosas comunes, por ejemplo, de acuerdo con diversos medios entre ellos el diario.es, tan sólo en los primeros días de febrero de este año se encontraron en Coahuila once fosas con alrededor de 300 cuerpos, aunque otros medios, como economiahoy.mx  llegaron a señalar que en realidad se trató de 500 restos.
En los últimos días otro hecho espeluznante ha atrapado la atención de la opinión pública nacional e internacional: en las inmediaciones de Iguala, en Guerrero, fueron encontradas varias fosas clandestinas con un número oficialmente no confirmado de cadáveres –tentativamente se habla de 28-.
El hallazgo anterior sería uno más en territorio mexicano, de no ser porque es en el mismo lugar en donde el 26 de septiembre desaparecieron 43 alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa y en un ataque que presuntamente coludió a delincuentes con policías en el cual murieron 8 personas, entre ellas tres normalistas de  dicha institución educativa.
Así que las fosas comunes en México han dejado de estar vinculadas con la antelación de catástrofes naturales, epidemias o guerras; desgraciadamente la vigencia de este tipo de sepulturas es signo de la descomposición social que aparentemente no tiene fin.
Si atendemos a que las fosas clandestinas son un indicador que denota el grado de violencia que se vive en determinado territorio, en México estamos llegando a niveles insostenibles similares a los que provocaron los entierros masivos durante las dictaduras de Chile, Argentina o Brasil y sólo rebasados por escenarios horrendos como el descubierto a principios de 2010 en La Macarena, Colombia, en donde se encontró una fosa con alrededor de 2,000 cadáveres (publico.es) o las fosas masivas del holocausto nazi o las resultantes de las matanzas en Camboya.
Como se puede ver, las fosas comunes son un símbolo de terror que podría estarse grabando en lo más profundo de nuestra mente individual y colectiva, cuyas secuelas aún no podemos dimensionar, pero que en el futuro las siguientes generaciones deberán trabajar para despojarse de ese lastre psicológico y emocional.
Caro lector: el descubrimiento de fosas comunes clandestinas lamentablemente es un tema más frecuente de lo que parece, tan constante que lo mismo surge en México, Colombia, Ucrania, Irak o Siria. El asunto de las fosas comunes clandestinas es un signo de violencia que debe ser resuelto y es un símbolo que marcará a la presente generación y a las que vienen.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com / @abelpr5 / facebook.com/PerezRojasAbel) es poeta, comunicador y doctor en Educación Permanente. Dirige: Sabersinfin.com

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